AGOSTO 2010
Kaixo Nerea.

Comienzo este relato mientras navego por la costa mediterránea, a dos día de atracar en el puerto donde vivo: Mazarrón.
Han sido tres semanas en las que me han pasado muchas cosas, pero sin lugar a dudas la tecla que activó mi cambio de actitud a “MODO VIAJE” fue el intercambio de equipajes en el tren que me llevaba a Irún.
Mi mochila azul.
La compré en Murcia hace 7 años, el verano que decidí viajar por primera vez “bymyself” al lugar que una vez de pequeño señalé con el dedo en un mapa mientras pensaba… “aquí: Australia”. Desde entonces esa mochila me ha acompañado por los cinco continentes, aunque al poco de adquirirla tomó vida propia aterrizando cuando le daba la gana a los países que yo creía haber elegido. En Lima me reuní con ella 3 días después de llegar, en Nairobi 2 días, a Sumatra llegó solo unas horas después; en fin, que ya tenía claro que iba a ser una compañera para el resto de mi vida. Lo que no me imaginaba era perderla viajando al País Vasco en tren.

Mi razón para ir a Irún nace en Sorake, una playa de Nias al sur de una isla al oeste de Sumatra. Clima tropical, buena gente y una ola descomunal de buena y de grande. La gracia es que después de hacerme unos cuantos kilómetros por el mundo resulta que mis compañeros de “losmen” son de Irún, y así nació una buena amistad. Tan buena como para plantearme visitarlos un año después.
A principios de Agosto viajé a Barcelona, dejé parte de mi mochila en el “Por si acaso” que estaba amarrado en “Port Velle” y me compré un billete hacia el norte. Y aquí comienza la historia en la que tú apareces modificando las actitudes con magia:
El viaje en tren se me pasó rápido. Mi compañera de asiento era una chica con rasgos Incas; despechada con su pareja y que había elegido el primer destino lejos de Barcelona para aplacar su ansiedad, sin saber muy bien lo que hacía. Se bajó en Donostia. Justo después de ese momento pensé en ir a por mi equipaje, pero estaba tan sumergido en la historia que me había contado que me quedé en el asiento hasta que avisaron de la llegada a mi estación.
Y me fui a por mi mochila.
Me inquietó encontrarla en el compartimento inferior del portaequipajes -cuando yo la había dejado arriba- pero no me pareció raro que alguien la hubiese puesto ahí para coger la suya.
Sin embargo mi intuición me decía que algo había cambiado.
Cuando fui a echar mano del asa reconocí sorprendido que la goma que había perdido en Perú (la que lleva en la parte superior, muy útil por cierto para poner toallas mojadas o botellas de agua) estaba de nuevo ahí. “¡Reeeediós! Me debo estar volviendo gilipollas”-me decía.
El tren se detuvo y tenía que bajar, así que la puse en mi espalda y el peso no era el que había sentido al coger el tren, pero cualquiera que viaja con mochila sabe que a veces pasa. Eso sí, la forma y la altura a la que colgaba de mi espalda fue definitiva. La dejé en el suelo del andén y solo entonces observé un triangulito verde que llevaba en el reverso y eso no lo había puesto yo ahí.
Tardé unos minutos en entender la situación, pero enseguida descubrí que en el mismo portaequipajes, del mismo vagón, del mismo tren que había cogido ese día, había otra persona con la misma mochila. Acojonante la de cosas que se me pasaron por la cabeza despotricando en Arameo toda la retahíla de tacos que conozco contra el “empanad@” que había confundido mi mochila con la suya. Cuando decidí hacer algo productivo me di cuenta de lo absurdo de mi cabreo. Dos mochilas iguales, si me hubiera bajado yo antes: ¿me hubiera ocurrido lo mismo?.
Así que decidí usar toda esa mala leche para intentar recuperarla.
Hablé con un señor que por su chaqueta naranja y su “walky” en mano parecía trabajar allí, y entonces llamaron a seguridad y me hicieron pasar por el escaner para poder depositarla en la estación. Fueron unos segundos nada más, pero hasta me asaltaron todas las dudas sobre el contenido de la mochila, porque a ver como explicaba que lo que llevaba esa mochila no era mío. Al final me dijeron que la dejara en taquilla, que no había nadie para atenderme y eso no me dio mucha seguridad así que preferí llevármela para al día siguiente hacer lo que pudiera por recuperar la mía.
Con cierto alivio recibí a los pocos minutos a Iker y a Borja, que venían a recogerme y a los que no veía desde hacía exactamente un año en la otra parte del mundo. Entre abrazos y bromas Iker me llevó a su casa y tras una abundante cena llegamos a la conclusión de que deberíamos abrirla para intentar encontrar alguna pista que nos llevara a identificar al dueñ@.
La primera alegría me la lleve al ver el neceser rojo. Era una chica y sin entrar en otras consideraciones creo que sois más organizadas que nosotros para determinadas cosas, lo que me daba cierta esperanza. Ropa de baño, saco de dormir y unas chanclas de la misma marca que las mías: “Xti”. No sé que podía significar hasta que encontré prendas de Decathlon, lo que en principio le daba una nacionalidad ibérica. Conforme metía la mano más al fondo empecé a sentir un poco de pudor. Era entrar en la intimidad de una desconocida sin permiso, así que decidí que a la mañana siguiente, si era necesario, buscaría mas pistas en la estación.
Puse mis lentillas en dos tazas de café con agua, usé un cepillo de dientes que Manolo -el padre de Iker- me donó –y que hoy en mi casa sigo usando- y me dormí con una frase que Maribií- la madre de Iker- no paró de repetir en toda la cena: “Esto es una señal”.
A la mañana siguiente llovía mientras pagábamos la zona azul para depositar tu mochila en la estación. Pero fue fácil porque me acompañaba un buen compañero de viaje; nada nos podía sorprender, ahora tocaba esto y punto.
Lo extravagante fue la conexión japonesa. En el despacho del jefe comercial de la estación, y tras una larga explicación, llegamos a la conclusión de que había que indagar un poco más mientras él preguntaba en cada una de las estaciones donde hay apeadero entre Barcelona e Irún. Y así lo hice abriendo de nuevo el neceser rojo, y entre otras cosas poco útiles para mi investigación encontré un bolsito con dos monedas, una de ellas con un agujero en el centro y letras japonesas. En ese momento y desde la estación de Tarragona nos comunicaron que una chica japonesa en dirección a París había tenido un problema con su mochila.
Dejé mis datos, lo que quedaba de mi mochila que era en realidad la tuya, y nos fuimos a disfrutar de Hondarribia y alrededores.

Esa tarde, y tras el empeño de mis anfitriones por no perder un segundo nos fuimos a San Sebastián. Allí recibí una llamada desde Melilla (gracias Javi), cuando avanzaba hacia el “Peine de los vientos”. Una llamada increíble pero que me daba datos contundentes sobre el paradero de mi mochila.
Lo siguiente fue: “Kaixo Nerea” y esa conversación que ya conoces. Curiosamente me hablaste de señales ,como Maribí la noche anterior.
Al día siguiente, mientras Iker me guiaba buscando olas por el País Vasco Francés, me enviaste un “SMS” confirmando “si no pasaba nada” que tendría mi ropa en la estación de Irún. Menos mal que el Jarraindonesio me prestó un neopreno corto y el baño, aunque pequeñito, fue oxigenante.
Regresé a Barcelona con la sensación de haber viajado a otro continente. De haber recuperado sensaciones que sólo percibo a miles de kilómetros, de volver a vivir una experiencia irrepetible.
Después, junto a mi capitán ayudé al “Por si acaso” a llegar a su puerto en Mazarrón, navegando durante dos semanas, y ocurrió: la reina del barco, una gata muy canalla que nos tiene locos llamada Trippy decidió abandonar la travesía a mitad de camino, y la dejamos en tierra sin saber muy bien quién dejaba a quién. Eso sí, haciendo todo lo posible por recuperarla, sin mucha esperanza.

Dos semanas después, Blas, dueño del “Xsi” y responsable de Trippy recibió la feliz llamada desde el puerto de Valencia. ¡Había aparecido! y ahora Trippy merodea por la casa de mi vecino y mi mochila descansa en mi armario a la espera del próximo encuentro.
Te escribí este relato con la intención de conocer tu “affaire” con mi mochila y no he recibido respuesta alguna .
Intento prestar más atención a las señales desde entonces, aunque reconozco que el día que me subí en el “Peine” entendí que para hacer arte no basta con organizar el espacio de una manera sublime. Además hay que hacerlo con Magia.
De corazón espero que el intercambio te haya dejado buenas señales como a mí.
