Cabo de Flechas

abril 19, 2012

Sabéis lo que es una cárcel, supongo.

Un lugar en el que tienes que estar amarrado por mar gruesa podría convertirse en una, de no llamarse Cabo de Palos.

“Que difícil es romper amarras” dijo Javier, y esa tarde partimos después de formar parte de ese rincón tan maravilloso. Con alegría e incertidumbre, pero con la sensación de que dejábamos en puerto gente ya querida.

No caben tantos buenos momentos en un vídeo, pero la Subcomandante Huevito lo bautizó como: ”Chop-suey y…cocretas”

[…]

Si el viento silba iracundo

Graciosamente se inclina,

Pero avanza de bolina

Cual ningún otro bajel.

Nunca el turbión, de sus gavias

Rindió el mastelero erguido,

Ni puerto estrecho o torcido

Dejó de tomar por él.

En vano enemigo el viento

Contrariamente lo azota,

Y en vano el mar alborota

Sus montañas de cristal;

Que en apuntando sus vergas

Pese al soberbio elemento,

Sale siempre a barlovento

El bergantín Sin Rival.

 

Ignacio Negrín

“El Bergantín sin rival”,

La poesía del mar,1860

Chop-suey y…croquetas (el tráiler)

abril 19, 2012

Al despedirnos, Lorena me recordó que se encargaba del tráiler y de enviarnos munición.

Ayer me llegó un paquete con un libro muy bien dedicado, tres sobrecitos y un usb. Al abrirlo me acordé de la luna amaneciendo por el mar y acabé saliendo de noche de surfear en La Mojonera.

Lo más sorprendente fue que ya estaba trabajando sobre el vídeo y cuando publicó el avance sentí como si lo hubiésemos estado comentado. Así que, siendo honestos, le corresponde una gran parte de la producción.

Grande, muy grande marinera.

Trasmisores de fortuna (precuela de “Chop-suey y…cocretas”)

abril 19, 2012

 

Primer viaje en conserva del Satchmo y el Li Toré hasta el puerto de Cabo de Palos.

Allí un buen hombre ayudó a amarrar las naves y resultó ser el Capitán de La Taberna del Puerto.

Todo un día recibiendo amigos y por la noche, tras avituallarnos bien en La Taberna alguien soltó un: ¡Faltan huevos!

A la mañana siguiente, mientras nos tomábamos el aperitivo ya en el Puerto de Mazarrón se puso el mar tan serio que volaron las sombrillas de los bares; nosotros sonreíamos mientras apurábamos nuestra cerveza pensando en la suerte que habíamos tenido por salir antes de que nos alcanzase la borrasca.

Al Li Toré eso le da igual porque está hecho para eso y mucho más y su tripulación si que es brava.

Este viaje traería consecuencias semanas después, pero ya se estaba mascando la comedia: salir a navegar y quedarte amarrado a un puerto y su gente.

Pero eso es la siguiente historia.

By my way

enero 20, 2012

No consigo desprenderme de la sensación de culpabilidad cuando tengo un día como el de ayer. Al menos durante un rato. Lo extraño es la falta de remordimientos cuando tomo la decisión de que el universo encaja tras varios días controlando los partes meteorológicos y mirando por la ventana de mi cocina mientras desayuno.

Hay parte(s) de observación y un mucho de intuición. Al final sólo cuadran todas la variables la mañana que me levanto y sé que voy a buscar olas. Sin conocer el resultado.

No siempre funciona, incluso hago kilómetros hasta el lugar donde creo que podré surfear ese día y me tengo que volver  a trabajar sin mi medicina, con las tablas en el abatido asiento del copiloto. Sin mojar. Como yo.

El mar me había avisado toda la noche, con latigazos de espuma sonando cada cierto periodo de tiempo, pero sin estridencias. Considerando que mi casa está orientada a poniente y la borrasca entraba de levante era ilusionante. Una ola linda a pocos minutos. Hasta nervios me entraban.

Lo primero que hice al pisar la arena fue avisar a mi amigo del alma que andaba dirección a las playas del norte para decirle que me quedaba. Me cambié con un solecito agradable y me metí con decisión y sin compañía.

La primera parte de mi búsqueda estaba cumplida. Mar de fondo, solecito y secciones cada vez más grandes de mar de fondo.

Me costó centrarme, sacar de mi cabeza todos esos pensamientos que me trasladan a otro lugar mientras estoy sentado en mi tabla. Entre ellos, ese sentimiento de culpabilidad mientras el resto del mundo sigue su curso, de no estar en otro sitio haciendo no sé qué cosas que debería hacer.

No me quedaba otra más que disfrutar, y como consecuencia de esa concentración sentí que tenía que orientar más la tabla antes de levantarme. Que tenía que erguir más los hombros y mirar hacia donde quería lanzarme para no perder de vista la pared que abría de esa manera tan noble hacia la derecha.

Cuando creí que me había dado un buen baño el mar empezó a subir y fruto del cansancio -dice Jarejander que cuando más cansados estamos más técnica desarrollamos- remé hacia dentro en busca de la sección que tardaba más, pero que se levantaba potente cada cierto tiempo.

La primera se escapó y con la mentira de: “una más y me salgo” regresé a esperar la siguiente. Tardó un rato. Miraba al cielo con la mente tan vacía como el hueco azul que proyectaba el sol entre las nubes blancas. Hasta tenía tiempo de cerrar los ojos y practicar la respiración ventral tres veces, hasta que sentía que la tabla empezaba a elevarse y adivinaba en el horizonte un pico más alto que venía hacia mi desde lejos.

“No hay que esperarla, hay que ir hacia ella” me decía algo en mi interior, y me puse a nadar hasta que calculé que tenía que girar y volver. “Esa ola viene desde muy lejos para encontrarse conmigo” me decía. Y me levanté ante una de las paredes más largas que recuerdo.

Azul. Brillante. Infinita.

Sentí que necesitaba acelerar y elevé los brazos consiguiendo que mi cuerpo se elevase y con él mi tabla. Al caer presionaba con fuerza y giraba el cuerpo hacia el tobogán de agua en movimiento que se iba abriendo ante mis ojos.

Cuando estaba a punto de salirme por arriba del labio se formó un hueco y sentí que tenía que mirar hacia la playa;la tabla giró conmigo y seguí de pie en una nueva sección que aceleraba casi sin darme cuenta, y otra vez hasta el labio, y de nuevo abajo.

Después de media docena de “últimas” mis músculos dijeron: ¡basta!.

Y como siempre hago, pero ayer un poquito más, me agaché en la orilla para dar gracias al mar.

Sin dejar de sentirme culpable (ahora por todo lo contrario), pero jodidamente feliz.

La caverna

noviembre 30, 2011

Crujiente

Ayer el mar era un lago azul crujiente.

Me levanté desorientado; un festivo en mitad de semana.

Cogí mis aletas y me fui. Nunca me deja indiferente meterme en él.

Cristal

El primer escalofrío al entrar al agua vació mi cabeza de ruido. No se movía ni una burbuja. Ni una espumilla que diferenciase esas aguas de una laguna. Tomé aire y me sumergí en el otro planeta de las costas de poniente. El sol del medio día lo atravesaba como un foco a una mesa de cristal. Ante mis ojos todos los azules posibles; podía otear el horizonte de posidonia, arena y roca. Supongo que es fácil perder la noción del espacio y del tiempo en situaciones así.

Nadé en dirección contraria a la costa, buscando profundiad, hasta que dejé de ver el fondo. Entonces, decidí cambiar de rumbo para acercarme a las calitas inaccesibles por tierra, en dirección a la isla de trazo más plano que conozco.

Isla Plana

En la primera cala ni me detuve. La segunda me permitió descansar encima de unas algas de color morado y ocre, mullidas como un cojín, que se balanceaban sobre una laja de roca a ras de superficie, bajo una especie de media ojiva de piedra  hasta del acantilado de unos 6 metros. El aleteo de dos palomas retumbando entre las grietas rojizas de la pared me animó a ponerme las gafas para volar de nuevo bajo el agua.

Calita

                                 El siguiente grupo de rocas puntiagudas sobresalía del agua. Estaba rodeado por una plataforma plagada de erizos, que descendía desde la superficie hasta el fondo de arena. Persiguiendo a un grupo peces aguja me tropecé de nuevo con el acantilado. Al levantar la mirada para no chocarme,  apareció una especie de sumidero de color turquesa que brillaba en el interior de los altos muros de roca. Una gruta con forma de rombo imperfecto esculpido por el mar, que desprendía una brillante luz celeste.

Paredes

Con el pulso acelerado me acerqué muy lentamente, con sumo cuidado para no golpearme en los afilados salientes. Ya con mi cuerpo bajo las rocas, pero con espacio para respirar, hice varias inmersiones cortas para adivinar adónde me llevaba ese pasadizo. Evidentemente, por el otro lado entraba luz, que aquel día era especialmente brillante. Tenia que haber una salida.

No es prudente -me dije. Vas sólo y no conoces esta parte de la costa. Seguramente lo que más me atrajo fue sentirme como un niño ladrón entrando en una tienda de juguetes. Era inevitable, como poner una hormiga en una caja de zapatos con una miga de pan y que acabe encontrándola. No sé si destino o simple causalidad, pero cuando la vida me da la oportunidad de aprender, de investigar, de descubrir, soy incapaz de rechazarla.

Luz marina

                                  Con la paciencia que siempre me exige mi madre mar para disfrutarla también al día siguiente, di la vuelta para buscar el origen de la luz por fuera de la pared de roca. Y entonces apareció ante mis ojos una bóveda hueca sin salida hacia un lado, pero que se iba estrechando hacia el interior en forma de rectángulo iluminado, una especie de tubo de neón azul verdoso reflejaba la luz de la mitad hacia abajo de mi cuerpo.

Me quede inmóvil, flotando sobrecogido entre las resbaladizas paredes. Muy lisas, como si hubiesen sido esculpidas por los encargados de los rituales del culto al agua de Qenko. El techo, con forma triangular (no entiendo mucho de arte y que me disculpe mi Capitán Talisker si me equivoco, pero con cierto aire románico) se estrechaban hacia la oscuridad más absoluta. Bajo mi cuerpo, la luz entraba por la apertura que dejaba una especie de balcón invertido hacia el fondo de rocas y algas bajo el agua. Frente a mí, en la superficie, la roca volvía a sumergirse.

La caverna

El techo pasaba de unos tres metros de altura hasta, cubierto por el batir del agua, unos dos metros de fondo totalmente iluminado. Suficiente espacio para sumergirme y ver aparecer al otro lado del pasadizo el rombo por el que recuperé esa mañana las ilusión de arriesgar y aprender.

Junto con todas mis dudas.

Inspiré profundo. 

Contuve la respiración.

Y me sumergí.

 

¿qué miras?

Pasando pantallas

septiembre 20, 2011

Revuelvo entre mis notas.

Desempolvo postales, cartas escritas a mano, frases apuntadas en esquinas de libretas. Olisqueo recuerdos sin esperanza ni posibilidad de recuperar las  grandes enseñanzas. Aquellas grandes lecciones que llegaban días después de haberlas recibido.

Ya sólo me vale vivirlas.

Lucho por mantener a un anciano en mis decisiones y a un niño curioso en mis juegos. Por coincidir con la luna llena cuando me marcho y con la oscuridad cuando duermo. Y por embarcar a los seres queridos cerca del corazón cuando el alma se me hace trizas.

Nunca será suficiente sacrificio el que ofrecemos a los dioses del FMI, del BCE, del MIBOR, de la prima del RIESGO, del MERCAD O.

Da igual.

Elijo -en lo que me dejan- entregar mi sacrificio al rumbo que marcan las ballenas piloto,

los delfines,

las estrellas sobre una vela,

el viento,

las personas de sonrisa sincera.

Y a las olas.

Aunque no las vea.

22º07’11″: 40 (bramadores)

julio 28, 2011

En la voz de Vito Dumas:

En el momento de iniciar mi viaje ese mástil tenía 30 años.

La propulsión se conseguía por el juego de cuatro velas.

Un tormentín, una trinquetilla, una mayor y una mesana.

Y un timón de auxilio.

Era un atardecer y preparaba chocolate.

La vista de ese mar embravecido producía escalofríos.

De repente, lo imprevisto.

El golpe fue espantoso.

Por unos segundos, eternos segundos, los mástiles quedaron apuntando al fondo del mar y la quilla al cielo.

Tuve la sensación de que todo acababa y sin defensa.

Las manos ensangrentadas las sentía calientes.

La quilla hacia arriba, los mástiles abajo y el Lehg que se vio invadido por las aguas.

Me aliaba en una cárcel sin salida, en un ataúd.

Me entregué al destino.

Un no sé qué de conformidad.

De agradecimiento y respeto a la muerte tantas veces desafiada.

Iba llegando, llegando mientras el barco se hundía.

Nació en mi un  abandono total.

No quedaba una sola posibilidad de lucha.

Se me ocurrió que iba siendo otra vez niño.

Llegaba una esperanza aunque tardaba mucho.

Venía a raudales, como en bandadas.

Miré al mar y sonreí.

Cara a cara nos miramos.

No importaba nada.

Podía luchar.

Se lo agradecí al barco con toda mi alma, hablándole.

Y en ese recuerdo se afirmó mi fe futura…

Fiel y fugitivo

mayo 2, 2011

“Largo  camino,  nunca comenzado, nunca acabado…el arroyo y el río pasan. El mar pasa y permanece. Así sería menester amar, siendo fiel y fugitivo. Me caso con la mar.”

El verano, 1954

 Albert Camus.

Arte: magia en la organización de espacios.

abril 15, 2011

AGOSTO 2010

Kaixo Nerea.

Comienzo este relato mientras navego por la costa mediterránea, a dos día de atracar en el puerto donde vivo: Mazarrón.

Han sido tres semanas en las que me han pasado muchas cosas, pero sin lugar a dudas la tecla que activó mi cambio de actitud a “MODO VIAJE” fue el intercambio de equipajes en el tren que me llevaba a Irún.

Mi mochila azul.

La compré en Murcia hace 7 años, el verano que decidí viajar por primera vez “bymyself” al lugar que una vez de pequeño señalé con el dedo en un mapa mientras pensaba…  “aquí: Australia”.  Desde entonces esa mochila me ha acompañado por los cinco continentes, aunque al poco de adquirirla tomó vida propia aterrizando cuando le daba la gana a los países que yo creía haber elegido.  En Lima me reuní con ella 3 días después de llegar, en Nairobi 2 días, a Sumatra llegó solo unas horas después; en fin, que ya tenía claro que iba a ser una compañera para el resto de mi vida. Lo que no me imaginaba era perderla viajando al País Vasco en tren.

Mi razón para ir a Irún nace en Sorake, una playa de Nias al sur de una isla al oeste de Sumatra. Clima tropical, buena gente y una ola descomunal de buena y de grande. La gracia es que después de hacerme unos cuantos kilómetros por el mundo resulta que mis compañeros de “losmen” son de Irún, y así nació una buena amistad. Tan buena como para plantearme visitarlos un año después.

A principios de Agosto viajé a Barcelona, dejé parte de mi mochila en el “Por si acaso” que estaba amarrado en “Port Velle” y me compré un billete hacia el norte. Y aquí comienza la historia en la que tú apareces modificando las actitudes con magia:

El viaje en tren se me pasó rápido. Mi compañera de asiento era una chica con rasgos Incas; despechada con su pareja y que había elegido el primer destino lejos de Barcelona para aplacar su ansiedad, sin saber muy bien lo que hacía. Se bajó en Donostia. Justo después de ese momento pensé en ir a por mi equipaje, pero estaba tan sumergido en la historia que me había contado que me quedé en el asiento hasta que avisaron de la llegada a mi estación.

Y me fui a por mi mochila.

Me inquietó encontrarla en el compartimento inferior del portaequipajes -cuando yo la había dejado arriba- pero no me pareció raro que alguien la hubiese puesto ahí para coger la suya.

Sin embargo mi intuición me decía que algo había cambiado.

Cuando fui a echar mano del asa reconocí sorprendido que la goma que había perdido en Perú (la que lleva en la parte superior, muy útil por cierto para poner toallas mojadas o botellas de agua) estaba de nuevo ahí.  “¡Reeeediós! Me debo estar volviendo gilipollas”-me decía.

El tren se detuvo y tenía que bajar, así que la puse en mi espalda y el peso no era el que había sentido al coger el tren, pero cualquiera que viaja con mochila sabe que a veces pasa. Eso sí,  la forma y la altura a la que colgaba de mi espalda fue definitiva. La dejé en el suelo del andén y solo entonces observé un triangulito verde que llevaba en el reverso y eso no lo había puesto yo ahí.

Tardé unos minutos en entender la situación, pero enseguida descubrí que en el mismo portaequipajes, del mismo vagón, del mismo tren que había cogido ese día, había otra persona con la misma mochila. Acojonante la de cosas que se me pasaron por la cabeza despotricando en Arameo toda la retahíla de tacos que conozco contra el “empanad@” que había confundido mi mochila con la suya. Cuando decidí hacer algo productivo me di cuenta de lo absurdo de mi cabreo. Dos mochilas iguales, si me hubiera bajado yo antes: ¿me hubiera ocurrido lo mismo?.

Así que decidí usar toda esa mala leche para intentar recuperarla.

Hablé con un señor que por su chaqueta naranja y su “walky” en mano parecía trabajar allí, y entonces llamaron a seguridad y me hicieron pasar por el escaner para poder depositarla en la estación. Fueron unos segundos nada más, pero hasta me asaltaron todas las dudas sobre el contenido de la mochila, porque a ver como explicaba que lo que llevaba esa mochila no era mío. Al final me dijeron que la dejara en taquilla, que no había nadie para atenderme y eso no me dio mucha seguridad así que preferí llevármela para al día siguiente hacer lo que pudiera por recuperar la mía.

Con cierto alivio recibí a los pocos minutos a Iker y a Borja, que venían a recogerme y a los que no veía desde hacía exactamente un año en la otra parte del mundo.  Entre abrazos y bromas Iker me llevó a su casa y tras una abundante cena llegamos a la conclusión de que deberíamos abrirla para intentar encontrar alguna pista que nos llevara a identificar al dueñ@.

La primera alegría me la lleve al ver el neceser rojo. Era una chica y sin entrar en otras consideraciones creo que sois más organizadas que nosotros para determinadas cosas, lo que me daba cierta esperanza.  Ropa de baño, saco de dormir y unas chanclas de la misma marca que las mías: “Xti”. No sé que podía significar hasta que encontré prendas de Decathlon, lo que en principio le daba una nacionalidad ibérica.  Conforme metía la mano más al fondo empecé a sentir un poco de pudor. Era entrar en la intimidad de una desconocida sin permiso, así que decidí que a la mañana siguiente, si era necesario, buscaría mas pistas en la estación.

Puse mis lentillas en dos tazas de café con agua, usé un cepillo de dientes que Manolo -el padre de Iker- me donó –y que hoy en mi casa sigo usando- y me dormí con una frase que Maribií- la madre de Iker- no paró de repetir en toda la cena: “Esto es una señal”.

A la mañana siguiente llovía mientras pagábamos la zona azul para depositar tu mochila en la estación. Pero fue fácil porque me acompañaba un buen compañero de viaje; nada nos podía sorprender, ahora tocaba esto y punto.

Lo extravagante fue la conexión japonesa. En el despacho del jefe comercial de la estación, y tras una larga explicación, llegamos a la conclusión de que había que indagar un poco más mientras él preguntaba en cada una de las estaciones donde hay apeadero entre Barcelona e Irún. Y así lo hice abriendo de nuevo el neceser rojo, y entre otras cosas poco útiles para mi investigación encontré un bolsito con dos monedas, una de ellas con un agujero en el centro y letras japonesas. En ese momento y desde la estación de Tarragona nos comunicaron que una chica japonesa en dirección a París había tenido un problema con su mochila.

Dejé mis datos, lo que quedaba de mi mochila que era en realidad la tuya, y nos fuimos a disfrutar de Hondarribia y alrededores.

Esa tarde, y tras el empeño de mis anfitriones por no perder un segundo nos fuimos a San Sebastián. Allí recibí una llamada desde Melilla (gracias Javi), cuando avanzaba hacia el “Peine de los vientos”. Una llamada increíble pero que me daba datos contundentes sobre el paradero de mi mochila.

Lo siguiente fue: “Kaixo Nerea” y esa conversación  que ya conoces. Curiosamente me hablaste de señales ,como Maribí la noche anterior.

Al día siguiente, mientras Iker me guiaba buscando olas por el País Vasco Francés, me enviaste un “SMS” confirmando “si no pasaba nada” que tendría mi ropa en la estación de Irún. Menos mal que el Jarraindonesio me prestó un neopreno corto y el baño, aunque pequeñito, fue oxigenante.

Regresé a Barcelona con la sensación de haber viajado a otro continente. De haber recuperado sensaciones que sólo percibo a miles de kilómetros, de volver a vivir una experiencia irrepetible.

Después, junto a mi capitán ayudé al “Por si acaso” a llegar a su puerto en Mazarrón,  navegando durante dos semanas, y ocurrió: la reina del barco, una gata muy canalla que nos tiene locos llamada Trippy decidió abandonar la travesía a mitad de camino, y la dejamos en tierra sin saber muy bien quién dejaba a quién. Eso sí, haciendo todo lo  posible por recuperarla, sin mucha esperanza.

Dos semanas después, Blas, dueño del “Xsi” y responsable de Trippy recibió la feliz llamada desde el puerto de Valencia. ¡Había aparecido! y ahora Trippy merodea por la casa de mi vecino y mi mochila descansa en mi armario a la espera del próximo encuentro.

Te escribí este relato con la intención de conocer tu “affaire” con mi mochila y no he recibido respuesta alguna .

Intento prestar más atención a las señales desde entonces, aunque reconozco que el día que me subí en el “Peine” entendí que para hacer arte no basta con organizar el espacio de una manera sublime. Además hay que hacerlo con Magia.

De corazón espero que el intercambio te haya dejado buenas señales como a mí.

Viva!

marzo 29, 2011

Recuperan un mensaje en una botella 23 años después de que fuera lanzado al mar

Daniil Korotkikh y la botella que recuperó. | APDaniil Korotkikh y la botella que recuperó. | AP

ELMUNDO.es |

Daniil Korotkikh, un joven ruso de 13 años, caminaba con sus padres por una playa cuando vio algo brillante tirado en la arena.

“Vi que era una botella, y me acerqué porque me parecía interesante”, dijo Korotkikh. “Parecía una botella de cerveza alemana con un tapón de cerámica, pero al observarla más de cerca, me di cuenta que llevaba un mensaje en su interior“.

Al abrir la botella Daniil notó que el mensaje estaba en un idioma extranjero. “¡Es alemán!”, declaró su padre, que había estudiado algo de la lengua germana en el bachiller. Cuidadosamente removiendo su cubierta de celofán, el padre tradujo la carta.

“Mi nombre es Frank y tengo cinco años”, lee el texto. “Mi padre y yo viajamos en un barco a Dinamarca. Si usted encuentra esta carta, por favor, escriba de nuevo a mí, y yo le escribiré de nuevo a usted”.

Y en la esquina superior de la carta, la fecha: 7 de septiembre de 1987.

Ha pasado casi un cuarto de siglo desde que Frank Uesbeck, el niño de la carta, lanzó la botella al Mar Norte; el niño de cinco años ahora tiene 29 y hace tiempo que dejó de vivir en la dirección que mencionó en su mensaje. Sus padres, sin embargo, siguen en el mismo sitio y estaban encantados de comunicarle a su hijo que la botella se había encontrado después de tanto tiempo.

“Al principio no me lo creía”, relató Uesbeck al Associated Press. De hecho, casi no recordaba ese viaje a Dinamarca. Sin embargo, desde entonces Uesbeck y su nuevo amigo ruso han estado en contacto, y la semana pasada se conocieron a través de una video conferencia en la Web.

Por su parte, Korotkikh no cree que la botella en realidad pasó 24 años en el mar: “No habría sobrevivido en el agua todo el tiempo”, explica. En vez, el joven está convencido que la botella probablemente llegó a la orilla rusa hace tiempo, pero quedó ocultada bajo la arena del Istmo Escupir, un espacio de unos 100 kilómetros de arena entre Lituania y Rusia.

Durante la conversación la semana pasada Uesbek le dio a Korotkikh su nueva dirección de correo, para que ambos pudieran empezar una correspondencia por escrito.

“Sin fallo le voy a escribir”, dice Uesbeck. “Es realmente una historia maravillosa”, dijo. “¿Y quién sabe, quizás algún día incluso nos reunamos en persona. “

 

 


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