Trunkatus entre espumas y paredes

Me paso la vida entre espumas y algunas veces me subo a las paredes para otear el horizonte.


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Capitán Talisker

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Después de abrirme una cerveza y con el móvil en la mano me he plantado en el balcón de proa buscando un poco de intimidad para marcar un número.

La génova bailaba un vals descompasando. Un 3 por 4 que firmaría el mismísimo Cohen. Erguida y orgullosa, sin perder la postura estirada de cara al través, casi largo, que nos impulsaba a unos cinco nudos.

Respiro.

Miro el mar.

Con un nudo en la garganta y el pulso alterado marco para llamar.

Suena un tono de llamada. Segundo tono y de repente el atronador silencio me hace suponer que alguien al otro lado ha descolgado.

La voz que mis entrañas reconoce antes de que mis oídos escuchen dice solamente: “hola nene”, y lo dice todo.

La conversación me la quedo para mí y para mi Capitán Talisker.

Sólo voy a contar que por esa conversación hoy retomo este blog.

La razón es que él me lee y como respuesta a mi excusa para no escribir aquí me recuerda: “si además de vivir te paras a reflexionar y lo escribes, compartes lo que vives y aprendes”.

Y aquí estoy, levantando mi copa a los vientos, convencido de que el mar cura las heridas.

Intentando aprender contigo y de lo que tenga que venir.

Mares en calma no hacen buenos marineros.

Soltando amarras Capitán.

Salud y mar.


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Marinerito en tierra (Vallekas puerto de mar)

Asumo mi error. Reconozco la pereza cuando me dirijo a cualquier sitio lejos del mar. Pienso que se me va a secar la piel y que mis pies y mis manos que empiezan a tomar apariencia de aleta se van a deformar.

Respiro profundo cuando me bajo del tren, esperando que me llegue un pétalo de genista entre los vapores que rellenan la estación y los golpes de tacón apresurado de viajeros en dirección a cualquier destino. Al menos me apresuro esperanzado de amarrarme a un puerto desconocido lejos del mar.

Me esperan, y mi corazón se acelera pensando en el encuentro. Un momento, necesito fumarme un cigarro mientras llega el autobús para asumir lo que he hecho. Estoy a más de 300 jodidas millas del mar en cualquier dirección. Pero llego a una hamaca en la que se escuchan las olas y los bocinazos de algún carguero avisando de su maniobra a estribor. Lo que nunca pude imaginar es que esta singladura tomaría rumbo a la más hermosa de las experiencias.

¿Crees que has roto aguas?” escucho desde la terraza rodeado de macetas y esperando la aparición de la polar. Falsa alarma, helados, cervezas y un pececillo que con sus juegos no me permite olvidar de dónde vengo. De dónde soy. A lo que pertenezco. Kirán me hace olvidarme del agua salada aunque sus juegos me hacen moverme como dentro de ella.

Dos días después de deambular por calles con nombre de puerto y avenidas que recorren albuferas, suena el teléfono. Toc, toc, toc: “Sunera acaba de ponerse de parto”. Y me quedo solo, inútil como una vela sin viento y encerrado en mis pensamientos. Cuando asumía que no iba a participar en esa travesía suena mi móvil. ¡Levamos anclas!

En el asiento de atrás dos mujeres valientes, fuertes, tranquilas, dispuestas a darle toda su energía a la llegada de una nueva vida. Me equivoco de calle y con serena dulzura me indican por dónde volver a ponernos rumbo al hospital.

Entre contracciones y rotondas termino sentado delante de una puerta azul que no me da noticias. Pin-pin. Mensaje: “Somos tíos…” y pienso: “viva la intución” y “hostia, una cerveza para celebrarlo”. Mientras la rubia me llega a los talones siento que estoy cerca del océano. Llego a la habitación y ahí están: el horizonte marino, la alegría de vivir y todo lo bello de la vida en unas pocas baldosas. A más de 300 jodidas millas del mar.

El viaje de vuelta no me dejó indiferente. El tiempo extra que nos regala la vida es el mejor de los tiempos. Conduciendo a ritmo islandés aparece mi trocito de mar, las torres y detrás, mi casa. Menos mal que me recibe mi otro amor, ¿qué sería de mí sin ti? Aquí estoy deseando olerte, acariciarte, sentirme sumergido en ti una vez más. Aunque haya dejado atrás lo que me hace sentir todo eso tierra adentro.

Tiempo extra.

Vida.

Aaren.

Gimiendo por ver el mar,

un marinerito en tierra

iza al aire este lamento:

“!Ay mi blusa marinera!

Siempre me la inflaba el viento

al divisar la escollera”.

                                  Rafael Alberti

Pincha en Aaren para ver el vídeo


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Cabo de Flechas

Sabéis lo que es una cárcel, supongo.

Un lugar en el que tienes que estar amarrado por mar gruesa podría convertirse en una, de no llamarse Cabo de Palos.

“Que difícil es romper amarras” dijo Javier, y esa tarde partimos después de formar parte de ese rincón tan maravilloso. Con alegría e incertidumbre, pero con la sensación de que dejábamos en puerto gente ya querida.

No caben tantos buenos momentos en un vídeo, pero la Subcomandante Huevito lo bautizó como: “Chop-suey y…cocretas”

[…]

Si el viento silba iracundo

Graciosamente se inclina,

Pero avanza de bolina

Cual ningún otro bajel.

Nunca el turbión, de sus gavias

Rindió el mastelero erguido,

Ni puerto estrecho o torcido

Dejó de tomar por él.

En vano enemigo el viento

Contrariamente lo azota,

Y en vano el mar alborota

Sus montañas de cristal;

Que en apuntando sus vergas

Pese al soberbio elemento,

Sale siempre a barlovento

El bergantín Sin Rival.

 

Ignacio Negrín

“El Bergantín sin rival”,

La poesía del mar,1860


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Chop-suey y…croquetas (el tráiler)

Al despedirnos, Lorena me recordó que se encargaba del tráiler y de enviarnos munición.

Ayer me llegó un paquete con un libro muy bien dedicado, tres sobrecitos y un usb. Al abrirlo me acordé de la luna amaneciendo por el mar y acabé saliendo de noche de surfear en La Mojonera.

Lo más sorprendente fue que ya estaba trabajando sobre el vídeo y cuando publicó el avance sentí como si lo hubiésemos estado comentado. Así que, siendo honestos, le corresponde una gran parte de la producción.

Grande, muy grande marinera.


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Trasmisores de fortuna (precuela de “Chop-suey y…cocretas”)

 

Primer viaje en conserva del Satchmo y el Li Toré hasta el puerto de Cabo de Palos.

Allí un buen hombre ayudó a amarrar las naves y resultó ser el Capitán de La Taberna del Puerto.

Todo un día recibiendo amigos y por la noche, tras avituallarnos bien en La Taberna alguien soltó un: ¡Faltan huevos!

A la mañana siguiente, mientras nos tomábamos el aperitivo ya en el Puerto de Mazarrón se puso el mar tan serio que volaron las sombrillas de los bares; nosotros sonreíamos mientras apurábamos nuestra cerveza pensando en la suerte que habíamos tenido por salir antes de que nos alcanzase la borrasca.

Al Li Toré eso le da igual porque está hecho para eso y mucho más y su tripulación si que es brava.

Este viaje traería consecuencias semanas después, pero ya se estaba mascando la comedia: salir a navegar y quedarte amarrado a un puerto y su gente.

Pero eso es la siguiente historia.